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El cristal con que miramos.

El cristal con que miramos.
03 Feb
2018

En los próximos días, los docentes se reintegrarán a sus tareas escolares. Cada año se presenta como un nuevo desafío, con nuevos rostros en las aulas que a través de sus miradas hablan por sí mismos de lo que les sucede, de lo que viven en sus hogares. Las escuelas, como otras instituciones que contienen a familias enteras, se convierten en caja de resonancia de las problemáticas actuales. Resuenan en las aulas las experiencias de cada uno de los actores que la componen; no sólo niños, sino también los adultos responsables de la enseñanza.

En general cuando se realizan balances de los niveles educativos alcanzados se centra la mirada en los estudiantes. En otras palabras, se evalúa el nivel de la apropiación de contenidos (como si esto fuera posible con un sistema de evaluación estandarizado y una comunidad de estudiantes tan heterogénea); sin embargo quisiera, en mención de las horas que corren, centrar la mirada en los docentes. Evaluar de manera amable, no sancionadora, los procesos por los cuales el docente transita en un sistema inconsistente a lo largo de su historia (por los permanentes cambios y pruebas de modelos educativos aplicados) y ensayar algunas posibilidades de aliento para aquellos que desean crear una realidad que valga la pena para las generaciones que están aquí y ahora y las que vendrán.

Las prácticas educativas diarias están integradas por varios agentes, pero no existiría acto educativo si no hubiera por lo menos dos de esos agentes: alguien que aprenda y alguien que enseñe. Los docentes y los estudiantes son, en definitiva, los responsables de lo que sucede en la dimensión áulica. El entusiasmo, la alegría, el interés, el  compromiso, la impronta creadora (o todos los antónimos de estas palabras) crean a diario la realidad de los procesos de enseñanza-aprendizaje.

¿Qué les sucede a los docentes?, ¿qué sentirán a pocos días de comenzar un nuevo ciclo escolar?

Cada docente está atravesado (condicionado) por infinitas experiencias que ha tenido a lo largo de su vida escolar y fuera de ese ámbito, por lo tanto no se podría generalizar y explicar brevemente cómo se sienten. Si acaso están entusiasmados, con curiosidad, nerviosos, cansados, ansiosos, despreocupados, incómodos, desalentados, alegre, etc. ; eso no puede predecirse. Sin embargo, lo que sí se puede hacer es pensar y reflexionar sobre las posibilidades emocionales frente al desafío del nuevo año escolar.

Uno de los versos de Ramón de Campoamor (1817-1901) incluidos en su poema de 1846 “Las dos linternas” dice:

“De Diógenes compré un día
la linterna a un mercader;
distan la suya y la mía
cuánto hay de ser a no ser.
Blanca la mía parece;
la suya parece negra;
la de él todo lo entristece;
la mía todo lo alegra.
Y es que en el mundo traidor

nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira”

De repente las generalizaciones suenan tediosas y molestan, pero entender que lo que se siente tiene que ver con una “mirada” condicionada abre un intersticio para reflexionar en torno a la posibilidad de cambiar las emociones. Lo que se siente, y más aún, si es una emoción negativa, puede ser modificada. Se trata de cambiar los cristales con los cuales se está mirando la realidad. También se trata de cambiar el ángulo desde el cual se está observando. “Todo es según el color del cristal con que se mira”

Sin caer en el optimismo absurdo de creer en una realidad ficticia, se puede pensar en que la educación puede mejorar con los aportes de los docentes. El sistema educativo no cambia de la noche a la mañana por arte de magia. No obstante, lo que cambia es la vida propia del docente cuando su emoción es positiva y eso es invalorable. Las emociones positivas contagian. Así, las instituciones cambian paulatinamente contribuyendo a una mejor educación. Las prácticas pedagógicas precisan ser protagonizadas por docentes que se calcen lentes con cristales  de seguridad, entusiasmo, profesionalismo y compromiso (por encima de los escasos o abundantes recursos con los cuales se cuente).

Si todos los profesionales (que tuvieron la posibilidad de elegir la carrera que siguieron) estarían felices con lo que hacen, se cambiarían realidades sin precedentes. Las encuestas en este sentido han sido desalentadoras. En 2017 se registraron (según los gremios que agrupan a los trabajadores de la educación) mayor número de docentes licenciados por estrés que en años anteriores.

Es más fácil decir que el sistema educativo es una vergüenza y que los sueldos son absolutamente injustos (que es verdad) que asumir que los docentes han caído en una victimización a partir de esas realidades. Salir del papel de víctima del sistema y asumir con una visión positiva y entusiasta el rol docente, es una ventaja con la que cuentan pocos profesores desafortunadamente.  Es hora de dar vuelta la página y escribir una historia diferente.

Hace unos meses escuché decir a una persona: “¿cómo hacen los docentes para aguantar a esos chicos irrespetuosos que gritan todo el tiempo?”. La idea de que el profesor “aguanta” se infiltra cada vez más en el imaginario del colectivo educativo. Ser parte de los procesos de formación académica de las personas es un privilegio, no un aguante.

En los próximos días los medios de comunicación girarán su mirada a los temas de las paritarias docentes, como es natural. El término “paritaria” deriva de la palabra “paritarius”, que significa “relativo a las partes” y que se encuentra conformada por dos elementos. ¿Qué decir de las partes que integran los procesos pedagógicos?, es decir profesores y estudiantes…

Sería maravilloso que cada trabajador fuera remunerado con justicia; sin embargo la “educación” no es trabajo más. Hay una responsabilidad social en los procesos de formación académica, la educación no es un mercado más en la geografía social… Esto me hace pensar en las paritarias entre docentes y estudiantes… Ellos merecen la mejor disposición, después de todo cada oportunidad para aprender es única e irrepetible.

No se pueden señalar con exactitud las emociones que surgen en estos días en los docentes, pero sí se puede alentar a estos fantásticos profesionales a que se animen a cambiar los cristales oscuros, borrosos, deslucidos, pesimistas y avejentados por unos brillantes, nítidos, desiguales y asombrosos.

Mirar con otros cristales les permitirá experimentar cada día la alegría al ingresar al salón de clases. Ellos se sentirán satisfechos y los estudiantes serán tan impactados por esa virtud de enseñar con alegría que no sólo aprenderán diez veces mejor, sino que serán cada día mejores personas y ahí sí se podrá decir: “tarea cumplida”.

Lorena Leiva

Prof. en Ciencias de la Educación.

Modificado por última vez en Sábado, 03 Febrero 2018 21:23
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Editorial

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